Tortell
Poltrona. Payaso
y presidente de Payasos Sin Fronteras
¿El
humor es universal o varía en función del país, la religión, la
cultura…? ¿Adaptan sus actuaciones dependiendo de cada tipo de
público?
Sí que
lo es, y por eso el circo es también un arte universal, donde los
malabaristas, trapecistas y funambulistas desafían las leyes de la
física. Hay una comicidad más concreta que habla de sexo, religión o
política, que la usan mucho los humoristas, pero ahí no entramos los
payasos. Aunque sí que hay características, sobre todo religiosas, que
nos imponen también a nosotros tener una cierta sensibilidad a la hora
de presentar los espectáculos en determinadas
zonas.
¿Han
cambiado mucho el humor y sus actuaciones con el paso de los
años?
No
demasiado. El primer payaso que se conoce con nombre propio era un
pigmeo llamado Denga que hacía reír a su faraón y que está
criptografiado en la pirámide de Tebas. Estoy convencido de que
Jesucristo vio a dos tipos con los mofletes hinchados haciendo el
número clásico de apretárselos para lanzarse agua desde la
boca.
Entonces,
¿no es tan necesario innovar en este mundo?
Sí que
lo es, porque si no innovas no generas. Para hacer reír también es
necesario innovar. En un gag que hiciste ayer, sin innovación, este gag
hoy carece de sentido. Los humanos hemos crecido y evolucionado porque
somos capaces de equivocarnos y reconocer nuestras
equivocaciones.
¿Hacia
dónde cree que está evolucionando el humor?
Estoy
un poco anonadado con el cambio que ha hecho la humanidad desde la
aparición de los medios audiovisuales en general. Cuando yo nací no
había televisión ni plástico, formo parte de los últimos Homo
Sapiens, porque los que hay ahora son Homo Videns, que lo
han visto todo. Y claro, es que un niño de tres años ya ha visto más
cosas que mi abuelo, vamos a ver qué evolución tiene esto. Espero que
sea para bien.
¿Hasta
qué punto es importante la formación en su
profesión?
Es muy
importante, por ejemplo, en el plano físico. Hay que hacer gimnasia,
pilates y esas cosas porque cuanta más elasticidad y forma física
tengas las actuaciones serán más espectaculares. Pero también hay que
saber de química, física, tecnología, danza, música… todo sirve para
poder hacer este oficio.
¿Toman
ideas unos payasos de otros?
Nos
copiamos mucho, claro que sí. Nos robamos.
Pero
cada uno deberá mantener también su estilo
personal…
Sí,
aunque hay gente que no tiene escrúpulos. Pero sí que pienso que hay
mucho que aprender y donde inspirarse. Por ejemplo todo el legado que
nos ha dejado el cine cómico, cuyos actores en realidad eran payasos
que antes trabajaban en circos. Es lo más antiguo a lo que podemos
acceder, pero son grandes maestros que seguro que inspiran. Cuando ves
a un payaso dices “éste es más Chaplin que Keaton”.
¿Existe
mucha competencia entre payasos?
Sí,
estamos en el libre mercado, pero es algo que nos hace
crecer.
¿Cuál
es la situación más dura que se ha encontrado en su labor con Payasos
sin Fronteras?
Llevo
treinta misiones, así que han sido muchas. Fuimos a Colombia a actuar a
un pueblo en el que la semana anterior habían asesinado a todos los
hombres. Sólo quedaban niños y mujeres. Éramos muy pocos y en ese lugar
corríamos peligro, pero finalmente llegamos. La soledad de ser el único
varón de todo el pueblo, sumado al hecho de que el resto hubiesen
desaparecido hace tan poco tiempo, fue terriblemente
impactante.
¿Cómo
actúan en esos casos? ¿Pueden llegar a acostumbrarse a tener frente a
ustedes esas situaciones trágicas de ese nivel, abstraerse y poder
hacer escenas humorísticas?
Sí,
somos profesionales y nos dedicamos a esto. Nos ponemos la nariz y nos
olvidamos. Y hemos aprendido muchas cosas. En Croacia nos obligaron a
ir a una escuela de ultras croatas a punta de pistola. Cada vez que nos
íbamos y pasábamos por el check point les decíamos bromeando que
nos dirigíamos a trabajar para los bosnios, y nos contestaban que a los
niños bosnios los tenían ellos. Ahí aprendes que los niños no tienen la
culpa de que los mayores seamos unos insensatos. Por eso cuando vamos a
trabajar a Palestina también actuamos para los niños
israelíes.
¿En
alguna ocasión no han conseguido sacar la sonrisa a un
niño?
Nunca.
Siempre hemos ganado, aún en situaciones como las de
Colombia.
¿Existe
alguna fórmula para ser optimista y no perder el sentido del humor
cuando todas te vienen mal dadas?
Sí.
Ponerse una nariz de payaso, mirarse en el espejo y decirte, “chico,
has nacido sin proponértelo y te han dado un montón de horas para que
hagas con ellas lo que te dé la gana, por lo tanto, eres muy
afortunado”.
¿El
mundo de los payasos también ha acusado la
crisis?
Esta
crisis es una bendición divina. El mundo no puede permitirse el lujo de
que unos seres llamados inteligentes estén pateando mares y montañas.
Luego habrá que ver cómo nos lo montamos para saber vivir con menos
cosas. Hay que hacer más el amor y ver menos el cine, por
ejemplo.
¿Ustedes
qué medidas han tomado?
Trabajar
más y más intensamente. Yo soy empresario y tengo un circo con entre 20
y 40 profesionales. Tenemos que arrimar más el hombro porque en estos
momentos lo necesario es facturar para no morir, por si algún día se
sale del atolladero, para que te encuentren vivo y no
muerto.
¿Cuál
es su teoría para solucionar la crisis, ya no en su ámbito, sino en
general?
Todo el
mundo a trabajar cinco horas en lugar de doce para que haya trabajo
para todos, y compartir, es decir, no tener las cosas de forma
individual sino de forma colectiva. Tendríamos todos casa en el mar, en
la montaña, esquís para ir a la nieve…
¿La
profesión de payaso sigue igual de valorada que antes o ha disminuido
su reputación? ¿Siguen saliendo nuevos payasos?
Creo
que estamos bien. Yo mismo tengo un hijo que se dedica a esto y una
nieta que con cinco años ya está empezando también. Mientras el ser
humano sea humano el payaso no va a desaparecer, porque aunque la gente
no lo sepa, todos somos payasos. Cuando actuamos, los espectadores
tienen en frente de la pista un solo payaso, yo en cambio tengo delante
un montón.
¿Cuál
considera su mayor éxito profesional?
Mi
mayor éxito, el que más me satisface y me encanta, es ver reír a la
gente. La pasión de mi vida es ser feliz haciéndolo. Quizá los niños de
entre 7 y 10 años son con los que más me gusta trabajar. Cuando era
joven y actuaba para universitarios, pero en el teatro me encontraba
con niños, le decía al manager “usted es imbécil, quiero trabajar para
gente inteligente y me hace trabajar para niños”. Ahora he cambiado
absolutamente. Cuando voy a un teatro y no hay niños le digo al manager
“usted es imbécil, me hace trabajar para gente que no es inteligente”.
Tengo también muchos y buenos recuerdos de haber trabajado con gente
como Dimitri, Popov… También tengo la Medalla de Oro al mérito
cultural, político y deportivo de Palestina que me entregó el propio
Arafat… Hay muchos éxitos profesionales.
¿Y
algún fracaso?
Cada
día tengo un par de fracasos, pero son los que me estimulan para
levantarme al día siguiente e intentar no fracasar. Fracasar es muy
humano.
¿Tiene
solución el mundo? ¿Espera que llegue el día en el que Payasos sin
Fronteras no haga falta en el planeta?
Ésta
sería nuestra gran ilusión. Nunca ha habido tanta gente preparada, con
acceso a la cultura, al conocimiento, a la tecnología, y por tanto no
hemos sido nunca tantos y tan bien preparados para hacerlo posible.
Debemos perder el miedo a organizarnos, a no dejar que nos dirijan y
que los grandes intereses económicos de unos pocos nos manden y nos
guíen. Hay que recordarles que ellos también se van a morir y que sólo
se van a llevar lo que dejen.