Europa 2020, una estrategia para el progreso
La cooperación es cosa de todos, y la debemos asumir como un compromiso exigente, generoso, serio y sostenible, si queremos contribuir a nuestro progreso
Mayo, 2011
José
Luis Larrea.
Presidente
de Ibermática
El
mundo se mueve, vaya si se mueve. Todo cambia o, al menos, parece que
cambia. El conjunto de cosas que nos rodean se ha ampliado de manera
exponencial, los estímulos externos se han multiplicado hasta el
infinito y nuestro espacio existencial, el lugar en el que pasan las
cosas que nos importan, se ha expandido de forma brutal. Tenemos
motivos para sentirnos cada vez menos dueños de nuestro destino, y los
espacios de incertidumbre nos envuelven de manera
permanente.
Estamos
de lleno en la Sociedad de la Información, muchos son hijos de ella a
todos los efectos, pues no han conocido otra cosa; otros la vivimos
como una nueva etapa a la que llegamos después de evolucionar y
progresar. Una Sociedad de la Información que se caracteriza por la
globalización de las relaciones económicas y sociales, por un
desarrollo tecnológico muy fuerte y por una gran rapidez en el
intercambio de información. Esto hace que se produzca la evolución de
los esquemas de relación en las organizaciones, en las empresas y en
las relaciones sociales, y plantea el reto de la competitividad desde
nuevas perspectivas.
Uno de
los problemas que tiene la competitividad es el de su “mala prensa” en
según qué ámbitos de actividad. Parecería como que eso de la
competitividad tiene poco que ver con el bienestar económico y social
de los ciudadanos en general, como si fuese un tema que sólo afectase a
unos pocos. Sin embargo, la competitividad tiene un fuerte contenido de
desarrollo y progreso; no está reñida, para nada, con la solidaridad y
además forma parte del desarrollo de la sociedad y de las personas.
Como fruto del ejercicio de la competencia las personas y los
colectivos crecen, crean riqueza, mejoran sus condiciones de vida y, de
esa manera, construyen la competitividad. Una competitividad que
necesita también de la cooperación, en una paradoja, la de competir y
cooperar, que ya se va interiorizando. Una competitividad para la
solidaridad y el desarrollo económico y social.
En una
sociedad como la nuestra, el debate de la competitividad no es puro
debate teórico, es una cuestión eminentemente práctica. O resultamos
competitivos con lo que hacemos o desapareceremos del mapa. Más o menos
rápido pero desapareceremos. Es la historia de la evolución. Si no
progresas, te estancas y desapareces.
Una de
las consideraciones más relevantes, desde el punto de vista de la
economía y la sociedad, es la que se refiere a la innovación como
garantía de competitividad. Desde esta perspectiva de utilidad, no
reñida con la solidaridad, una organización -país, empresa,
institución…- que quiere ser competitiva necesita articular una
estrategia basada en la innovación. Con una cierta perspectiva
evolutiva, un tanto lineal y, en consecuencia, excesivamente
simplificadora, el primer elemento movilizador de la competitividad, se
basa en la existencia y abundancia de recursos naturales. La segunda
fase es aquella en la que la competitividad se construye sobre la base
de unos costes laborales bajos. La tercera etapa de incremento de
competitividad, agotados los efectos de los costes salariales bajos a
medida que estos se incrementan, se basa en la estrategia de calidad.
Se trata de hacer las cosas bien, muy bien. De esta manera el impacto
de los costes sobre los precios se verá compensando por la calidad de
los servicios o productos.
Ahora
bien, en esta carrera de recursos naturales escasos, costes bajos que
por lógica se incrementan y una calidad a la que los demás se van
acercando, el siguiente estadio de la competitividad nos dice que no
basta con hacer las cosas bien y al precio más ajustado posible. Esto
es condición necesaria, pero no suficiente. Necesitamos basar nuestra
competitividad en la capacidad de hacer cosas diferentes. Y eso tiene
que ver con la innovación.
Pues
bien, una de las características de los periodos de transición de un
estadio competitivo a otro es que se produce una inevitable sensación
de desasosiego. Perdemos referencias claras, pues lo que nos sirvió
para comprender el pasado, no nos permite entender el futuro y tampoco
el presente. Esta sensación es típica de las épocas de crisis, que se
caracterizan por un pasado que se resiste a morir y un futuro que no
acaba de manifestarse con claridad. En épocas de tránsito, de crisis,
los indicadores que antes nos servían parecen no estar a la altura de
los nuevos requerimientos. Y esta situación es la que caracteriza a
nuestra Sociedad de la Información en tránsito hacia la Sociedad de la
Innovación.
Es
evidente que los contextos condicionan nuestra manera de proyectar el
pensamiento. Esto, además de inevitable, no es malo si somos
conscientes de esa realidad. Un discurso, cualquier discurso, puede ser
impecable en su contexto y un auténtico despropósito sacado del mismo.
Por eso es importante conocer que el reto de la innovación se produce
en el contexto de una sociedad que sitúa cualquier discusión en una
visión planetaria en la que las personas son la clave. No hay progreso
sin reconocer la existencia del otro, sin asumir que no estamos solos,
sin atrevernos a dialogar. Ese diálogo con los demás, incluido con el
planeta en el que existimos, va a determinar nuestras relaciones.
Relaciones con otros, como individuos y también como organizaciones,
porque las organizaciones las forman y las desarrollan las personas.
También relaciones con el medio ambiente, con el planeta, porque todo
se nos ha hecho global. Estas relaciones se manifiestan en todos los
campos de la vida, por lo que sería imposible pretender recorrerlas
todas, pero hay algunas de ellas de especial trascendencia para conocer
nuestros retos de futuro y nuestro potencial para progresar a través
del cambio y la innovación.
Así,
las relaciones de los individuos con el planeta ponen de manifiesto la
importancia capital para nuestra sociedad del medio ambiente y la
energía. La conciencia de la escasez de recursos, la percepción de que
el planeta no es infinito, de que es un espacio cerrado, de que se nos
puede agotar, pone de manifiesto la importancia creciente de las
políticas de protección medioambiental y el carácter estratégico de las
fuentes de energía. Este aspecto de nuestra sociedad es muy relevante
y, además, urgente. Aquí la gestión del tiempo, como en otros muchos
aspectos, nos juega una mala pasada. Pensamos que el tiempo es
infinito, y lo es, pero no nuestro tiempo ni el tiempo de nuestro
mundo. Hay fuerzas en marcha que están consumiendo ese tiempo, nuestro
tiempo. Es verdad que sabemos lo que tenemos que hacer y, sobre todo,
lo que no debemos hacer, pero no lo hacemos. Y el tiempo pasa. Es la
tensión entre el corto y el largo plazo. Es la misma tensión entre los
proyectos especulativos y los que buscan el largo plazo. Debemos asumir
el reto de enfrentar este diálogo con el planeta para respetarlo y
permitir un desarrollo sostenible para todos. Aquí hay un verdadero
yacimiento para la innovación, no sólo desde la tecnología, también
desde la cultura y la manera de enfrentarnos al mundo, desde los
procesos y la forma de hacer las cosas, y desde las relaciones con los
demás para compartir el progreso.
Otro
diálogo fundamental que deberemos afrontar desde nuevas ópticas, a las
que no es ajena la visión planetaria, es el diálogo con los demás
habitantes del planeta. Todos estamos en alguna parte del globo,
nacemos en alguna parte del mundo, y eso determina dramáticamente
nuestras posibilidades de vivir y de desarrollarnos como personas.
Todas las partes del mundo no son iguales, unas están más desarrolladas
que otras, tienen más privilegios que defender. Otras miran al “primer
mundo” y ven un mundo de oportunidades que a ellos se les niegan. Y
además lo ven. No sólo lo intuyen, lo ven, porque las comunicaciones
nos han hecho más globales que nunca. No sólo sabemos que otros
existen, sino que vemos cómo existen, qué tienen. Este diálogo entre
individuos de diferentes partes del planeta es un diálogo entre tribus,
que cada vez va a ser más complicado y que deberemos afrontar. Los
movimientos migratorios no son movimientos de “alienígenas” que vienen
a invadirnos, son movimientos de otros congéneres de la especie que
buscan progresar. La dialéctica de los unos y de los otros, en la que
es inevitable caer porque somos uno y el otro es otro, deberá
evolucionar del conflicto a la cooperación.
Pero
las tendencias demográficas no sólo son importantes a escala planetaria
para entender la relevancia de las políticas de inmigración y explicar
los miedos al otro, también se mueven en un plano más próximo. La
demografía nos explica también la evolución de los miembros de cada
tribu. Por eso es relevante abordar los problemas de algunas
comunidades derivados de un paulatino envejecimiento de la población.
Cómo abordar políticas que resuelvan este problema tiene mucho que ver
con la cultura, la manera de ser y comportarse de los elementos de cada
tribu y con las actitudes para incorporar a otros que vienen a
compartir su futuro con nosotros. Este campo del progresivo
envejecimiento de la población en algunas sociedades está lleno de
retos de todo tipo: económicos, asistenciales, sanitarios, educativos,
culturales,… Vamos a tener que innovar en ese campo, sin ninguna
duda.
Además
la lógica de la evolución plantea otro diálogo básico para el progreso
entre las jóvenes generaciones y las viejas. En general las élites
dominantes están constituidas por los especimenes viejos, maduros, de
la especie. Son los que marcan las pautas, dirigen y dicen lo que hay
que hacer. Incluso son los que lideran el discurso del cambio y la
innovación. Algo que parece contradictorio en sus propios términos, o
al menos difícil de comprender. La mayor parte de las veces no existe
un diálogo real entre los jóvenes y los que no lo son. Y ese diálogo es
importante para abordar el futuro. Creo que debemos dar cada vez más
papel a las nuevas generaciones. Son generaciones diferentes, nacieron
cuando la Sociedad de la Información ya existía, están acostumbradas a
cosas distintas y su manera de ver y enfrentarse al mundo es diferente.
Establecer este diálogo sobre la base del respeto mutuo es una
asignatura pendiente.
Otro
ámbito de relaciones entre personas que debería evolucionar de manera
radical es el que se produce en el mundo del trabajo. La necesidad de
abordar un nuevo modelo de relación entre empleadores y empleados es
evidente. El reto tiene que ver con la forma de articular un modelo de
relación respetuoso con el emprendedor, que asume riesgos y crea
empresa, y con el profesional que participa en esa actividad
empresarial. Necesitamos plantearnos, de verdad, la manera de ofrecer
oportunidades a todos para que trabajen. Necesitamos incorporar a la
mujer a todos los efectos al mercado de trabajo y necesitamos lo mismo
para los jóvenes. Pero ese reto exige cambiar. Un cambio profundo de
modelo de relaciones laborales que evolucione hacia un modelo de
relaciones socio-profesionales, en donde el valor de la cooperación
entre en juego. La innovación demanda un nuevo modelo de relaciones. Si
no lo abordamos las posibilidades de progresar se verán muy resentidas,
tanto en lo económico como en lo social.
Por
otra parte, existe una creciente demanda de seguridad a todos los
niveles. Al hacerse el mundo de las relaciones más global, nuestro
mundo de posibilidades se ha abierto exponencialmente y también el
mundo de nuestros miedos. Cuanto más globales, más inseguros nos
sentimos. Seguramente es un aspecto puramente psicológico, porque el
miedo a lo diferente, a lo nuevo, a lo que cuestiona lo nuestro siempre
ha existido. Pero ahora parece más grande porque nuestro campo de
observación es más amplio. Tenemos más información, y además al
momento, y eso desencadena la reacción del miedo y nos lleva a valorar
cada vez más la seguridad. Esto constituye un verdadero problema en la
medida en que propicie una cultura de aversión al riesgo que implique
una caída del espíritu emprendedor. Es un poco paradójico que cuanto
más campo de juego se abre para las nuevas oportunidades, más nos
queramos aferrar a la seguridad de lo conocido. Tenemos una esperanza
para enfrentar este riesgo y es que la curiosidad encuentre estímulos
suficientes. Superamos el miedo porque no queda más remedio, porque nos
atacan y nos tenemos que defender, por necesidad. Pero también se
supera el miedo cuando el espíritu de la curiosidad está bien
alimentado y nos lleva a salir de la comodidad de lo conocido. Esta
última característica debemos trabajarla para propiciar una cultura de
innovación.
Por
último, me gustaría apuntar el desafío que tiene que ver con el reto de
gobernar el mundo. Algo así como el gobierno de las tribus. Cómo van a
relacionarse unos estados y sus gobiernos con otros, cómo van a ser
capaces de articular un modelo de gobernanza que facilite el diálogo
con el planeta, entre tribus y entre individuos. Tremendamente
sugerente y lleno de desafíos, será también determinante para el
progreso. De esto, también, algo sabemos en Europa.
Y
luego, está la crisis. Las últimas noticias económicas de perfil
positivo podrían llevarnos a pensar que lo peor de la crisis ya ha
pasado, que la recesión ha tocado fondo y que empieza la fase de
recuperación. Siguiendo esta dinámica, tan clásica de los ciclos
económicos, el debate se centraría en la velocidad de recuperación. De
alguna manera estamos asumiendo que todo volverá a ser como antes, que
la crisis con toda su profundidad pasará y recuperaremos el edén
perdido. Así, la crisis, aun siendo dura y costosa, volverá a ser parte
del discurso de la fase bajista de un ciclo económico que se volverá a
recuperar.
Esta
percepción aparece acompañada de algunas expresiones de expertos que
han anunciado la profundidad de la crisis, su carácter histórico en
tanto que se compara con la crisis de 1929, y la necesidad de abordar
reformas estructurales a todos los niveles. Algo así como que esto es
más grave de lo que nos parece. Sin embargo, el discurso oficial, que
necesita activar las fuentes del optimismo, se empeña en proyectar la
recuperación como la vuelta al lugar del que nunca debimos salir. Las
declaraciones, en gran medida, se sitúan en el día de después de la
recuperación. Se sigue hablando, es cierto, de la necesidad de cambiar
el modelo de crecimiento, por ejemplo de la economía española, pero
suena más a discurso teórico que a convicción que movilice la
práctica.
Pero
cada vez parece más claro que lo que hemos vivido hasta ahora en los
años 2008, 2009 y 2010, no es sino el adelanto de la verdadera crisis
que está por llegar. Porque, lo vivido como un ciclo que se recuperará,
será absorbido por una verdadera oleada de cambio que ha empezado, pero
que está por llegar. Nada volverá a ser como fue. No volverá a ser lo
mismo.
Si la
crisis de verdad, que está por llegar, va a suponer un verdadero cambio
de paradigma, será fundamental que asumamos el reto de recuperar los
valores perdidos, revisarlos, adaptarlos a los nuevos tiempos y
reforzarlos. Poner en el centro de nuestro pensamiento y nuestra acción
que no todo vale y que la tentación de lo especulativo, del éxito y el
dinero fácil e inmediato no puede imponerse al valor del trabajo duro,
de la perseverancia, de reconocer la grandeza de lo cotidiano, de quien
día a día construye un futuro de progreso para todos, de quien piensa
más allá del corto plazo. Estos valores deben ayudar a recuperar el
principio de la cooperación. Si no abandonamos las trincheras para
reconocer la diversidad, la razón del otro y la necesidad de construir
entre todos no podremos afrontar la crisis con garantías de éxito. Y
sin embargo, miramos alrededor y vemos que esto de cooperar está en el
discurso de todos, pero en la práctica de casi nadie. Es desmoralizante
pensar que ni siquiera en situaciones de verdadera necesidad somos
capaces de activar la cooperación. Pues bien, sin este elemento
activado en todo su potencial, tampoco ganaremos el futuro. Los valores
y la activación de la cooperación necesitan de un liderazgo claro, un
liderazgo que genere confianza y alimente la convicción, un liderazgo
compartido. Construido sobre valores y activada la cooperación los
nuevos liderazgos se enfrentan al reto de dominar el tiempo, porque no
tenemos todo el tiempo del mundo.
Dice el
profesor Jorge Wagensberg que el progreso consiste en ganar
independencia frente a la incertidumbre. Es una definición que encierra
un desafío, para mí fundamental. Es el desafío que supone asumir los
retos en primera persona, enfrentar la incertidumbre desde la
convicción de que el futuro pasa por nosotros mismos, que nadie va a
hacer nuestro trabajo. Me parece, además, que esta manera de entender
el progreso tiene mucho que ver con los valores, la cooperación, el
liderazgo y la gestión del tiempo. Son aspectos que proyectan todo lo
que nos queda por hacer para que la crisis, la verdadera crisis que
está por llegar, suponga para todos un verdadero progreso, de manera
que en un mundo cada vez más incierto, nos sentamos más dueños de
nuestro propio destino.
Es
verdad que ante la situación de crisis, las organizaciones miran al
espacio de la acción y encuentran tan solo las armas del pasado.
Intentan activar los procesos de calidad para hacer los productos y
servicios más competitivos, pero, sobre todo, miran a los costes, a
todo tipo de costes, para reducirlos con el fin de enfrentar la
situación. Entre estos costes, los laborales vuelven a tener una
importancia capital. Y, por último, vuelven a mirar los recursos
naturales, si los tienen, para darles una vuelta más de tuerca. En
definitiva, vuelven a mirar todo aquello que les sirvió para ganar
competitividad, para ver si en el pasado se encuentran las respuestas
del futuro. Lamentablemente, el pasado no nos va a resolver el futuro.
La clave del futuro sigue estando en la innovación.
Pues
bien, si se produce una situación de crisis, lejos de abandonar nuestra
apuesta por la innovación, debemos reforzar nuestros esfuerzos por
ella. La innovación es cambio, implica ruptura. En definitiva, surge de
la crisis. En consecuencia, será entonces, más que nunca, cuando la
innovación se enfrenta a un escenario natural, en el que desenvolverse
y desarrollar todo su potencial. Un discurso real de innovación debe
asumir el reto de afrontar el riesgo, de sufrir en el proceso, de
cambiar para progresar. Por eso, es precisamente en situaciones de
crisis cuando hay que hacer de la innovación el eje dinamizador de
nuestra competitividad.
Esto
puede parecer paradójico y lo es. Me gustaría recuperar la figura del
dios Saturno en la mitología romana, lo que para los griegos era el
dios Crono. Teniendo conocimiento de que estaba destinado a ser
derrocado por uno de sus propios hijos, se los tragaba tan pronto como
nacían. Recordemos la terrible imagen de la pintura de Goya “Saturno
devorando a un hijo”. Algo de esto puede estar pasando con la
innovación. La crisis, que alumbra la innovación, amenaza con
devorarla. Esta paradoja de Saturno debiera hacernos reflexionar para
asumir ese reto y superarlo.
En este
contexto general es en el que me gustaría situar la estrategia Europa
2020. Una estrategia que propone tres prioridades:
1.
Crecimiento inteligente, desarrollando una economía basada en el
conocimiento y la innovación.
2.
Crecimiento sostenible, promocionando una economía que haga un uso más
eficaz de los recursos, que sea más verde y
competitiva.
3.
Crecimiento integrador, fomentando una economía con alto nivel de
empleo que tenga cohesión social y territorial.
Con
este fin, la Comisión de la Unión Europea propone cinco objetivos
principales para 2020, que tienen que ver con:
1.
El empleo. (El 75% de la población entre 20 y 64 años debería estar
empleada).
2.
La investigación y la innovación. (El 3% del PIB de la UE debería ser
invertido en I+D).
3.
El cambio climático y la energía. (Debería alcanzarse el objetivo
“20/20/20” en materia de clima y energía, incluido un incremento al 30%
de la reducción de emisiones si se dan las condiciones para
ello).
4.
La educación. (El porcentaje de abandono escolar debería ser inferior
al 10% y al menos el 40% de la generación más joven debería tener
estudios superiores completos).
5.
La lucha contra la pobreza. (El riesgo de pobreza debería amenazar a 20
millones menos de personas).
Para
completar este modelo de prioridades y objetivos la Comisión propone
siete iniciativas emblemáticas para catalizar los avances en cada tema
prioritario:
1.
“Unión por la innovación”
2.
“Juventud en movimiento”
3.
“Una agenda digital para Europa”
4.
“Una Europa que utilice eficazmente los recursos”
5.
“Una política industrial para la era de la
mundialización”
6.
“Agenda de nuevas cualificaciones y empleo”
7.
“Plataforma europea contra la pobreza”
Con
todo, la Comisión es consciente de que su prioridad inmediata es
definir una estrategia de salida creíble, proseguir la reforma del
sistema financiero, garantizar el saneamiento presupuestario para un
crecimiento a largo plazo y fortalecer la coordinación dentro de la
Unión Económica y Monetaria. Ahí aparece, con toda su crudeza, la
necesidad imperiosa de una gobernanza económica más fuerte y la
constatación de que Europa sólo puede tener éxito si actúa
colectivamente, como Unión.
Una vez
más, los sistemas económicos y sociales ponen en el punto de mira la
importancia capital de la cooperación. Una cooperación que es cosa de
todos y que debemos asumir, también desde Euskadi, como un compromiso
exigente, generoso, serio y sostenible, si queremos contribuir al
progreso de Europa; en definitiva, nuestro
progreso.
